El rol y el contexto: Historia de un maestro

29.05.2018

Un sabio maestro levantaba cada mañana a sus jóvenes aprendices y les encomendaba una tarea.

Cierto día, les puso delante de una piedra muy grande y pesada. Les pidió que la empujaran. Los dos hicieron fuerza y cada uno, en función de su capacidad, empujó hasta quedarse sin aliento. Uno de ellos, consiguió desplazarla, pero el otro, por más intentos que hizo, no consiguió moverla ni un centímetro.

Repitieron esa misma tarea cada mañana con la salida del sol, así un día tras otro.

Después de dos meses, pasado el tiempo de entrenamiento, el maestro fue a verlos para hacer una valoración de lo que había ocurrido a lo largo de los días. Comprobó que uno de ellos había desplazado varios metros la piedra. El otro, sin embargo, no había conseguido moverla de su sitio.

A aquel que no había conseguido mover de su sitio la piedra, el maestro le premió con diez garrafas de agua. Por ello el joven fuerte se llenó de alegría y comenzó a saborear su esperada recompensa. Estaba convencido que sería mejor que la de su compañero, pues el maestro había comprobado su buen resultado. Sin embargo, para él también fueron diez garrafas.

Él aprendiz se indignó por haber obtenido la misma recompensa que su compañero, se sentía injustamente tratado; a diferencia de su compañero, él había sido capaz de mover la piedra.

Ante aquel enfado, el maestro explicó que el objetivo de la tarea había sido aumentar la fuerza en cada uno, y los dos, tras dos meses de esfuerzos, eran ahora mucho más fuertes que cuando empezaron.

A la mañana siguiente les esperaba otra tarea. El maestro les situó delante de la misma piedra, pero, tras ella, hallaron un agujero enorme lleno de serpientes.

El anciano les dijo que debían tapar el agujero para que las serpientes no se escapasen, pues eran venenosa.

El alumno más fuerte, se frotaba las manos pensando en que esta vez obtendría más nota que su compañero, él sabía que era capaz de realizar la tarea con éxito y que su compañero era incapaz de desplazarla.

El joven hizo fuerza y movió la piedra hasta tapar el agujero de serpientes. Objetivo cumplido.

Al acabar, miró a su compañero y comprobó que, efectivamente, la piedra seguía en el mismo sitio, sin embargo, al mirar al agujero lleno de serpientes, vio que el agujero estaba tapado por unos listones de madera y encima de ellos, un montón de piedras pequeñas.

Cuando el maestro regresó para valorar el trabajo, nuevamente los dos obtuvieron diez garrafas de agua. El primero de ellos se enfadó muchísimo puesto que esperaba una mayor recompensa y recriminó a su maestro acusando a su compañero de no haber sido capaz de mover la piedra.

El hombre, lleno de sabiduría respondió que él, en ningún momento, había dicho cómo hacerlo, simplemente les había comunicado la tarea que debían realizar. El joven con menos fuerza, había aprendido la lección los días anteriores, había conocido sus propias capacidades. Y había descubierto que tener menos fuerza no le había incapacitado para conseguir el objetivo, de hecho, le obligaba a ser más creativo para resolver la situación de un forma que para él fuese posible.

El hecho de que el joven más débil lo hubiera conseguido sirvió de aprendizaje al primero.